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jueves, 13 de marzo de 2014

Las nuevas formas de siglar y catalogar en arqueología. Códigos QR y DataMatrix.

Creo que hay que ser muy crítico con el uso de los códigos QR en divulgación y museística porque son herramientas que, pese a que llevan una larga trayectoria de uso en estos espacios, no acaban de convencer a los usuarios. Ayer mismo, sin ir más lejos, pregunté a un grupo de 60 personas, formado por estudiantes y arqueólogos, cuántos de ellos habían usado más de una vez un código QR. Es decir, cuántos se habían puesto más de una vez frente a estos jeroglíficos de puntos, habían desenfundado su tablet o smartphone y habían accedido al contenido que estos ofrecen. El resultado fue llamativo: sólo 6 de estas 60 personas lo habían hecho.

Esto refrenda lo que ya comenté en este mismo blog hace unos meses: los códigos QR son en realidad una herramienta minoritaria y muy específica que sirve para objetivos concretos pero no para divulgar o socializar el patrimonio.

Ahora bien, desde hace algunos años se están usando -y parece que con éxito- los códigos QR y otro tipo de códigos similares, los DataMatrix, para una tarea fundamental en el trabajo arqueológico: el siglado de las piezas que nos aparecen día a día en la excavación

Ejemplo de siglado de materiales arqueológicos mediante códigos QR. (Fuente: QR Code Artist)

Esto aporta, según parece, unas ventajas sin precedentes:

  • Permite abandonar, de una vez por todas, el siglado manual realizado mediante la escritura -generalmente con rotulador permanente- del número de inventario realizada sobre el propio objeto arqueológico, y que es, por lo tanto, una técnica invasiva que afecta a la propia pieza.
  • Ésta, en cambio, se trata de una técnica no invasiva: el pegado se realiza mediante el uso de una solución de polipropileno que se puede ser eliminado de la pieza sin ningún daño físico para ésta y resiste al paso del tiempo, facilitando la conservación del propio código adherido a la pieza.
  • Estos códigos te permiten acceder, mediante su escaneado a partir de un smartphone, una tablet, un lector de códigos o unas Google Glasses, a una cantidad de información mayor de cada pieza, por lo que, con la pieza en la mano y leyendo el código con el dispositivo adecuado podemos conseguir mucha información del fragmento de forma instantánea. 
  • La velocidad de siglado es mucho mayor ya que no deben estar los pobres arqueólogos dejándose los ojos con la escritura de números milimétricos en las piezas (que, a su vez, podía llevar a nuevos errores).
Ejemplo de siglado de piezas arqueológicas mediante códigos DataMatrix (Fuente: Fac-Mac)

Nuestro país es pionero en el uso de este tipo de códigos (QR o DataMatrix) para el siglado de objetos arqueológicos: es una técnica usada en yacimientos como Cástulo (Linares, Jaén) y por profesionales como los del CEPAP (Centre d'estudis del patrimoni arqueològic de la prehistòria).

Debemos destacar, eso sí, la diferencia entre códigos QR y códigos DataMatrix (DM). Fundamentalmente es el tamaño de los códigos: los DataMatrix pueden tener una anchura de 2-3 milímetros mientras que los códigos QR generalmente deben ser mayores a 1,5-2 cm. Los primeros necesitan, si son de ese tamaño tan reducido, sensores específicos para facilitar su lectura con exactitud mientras que los segundos tienen la ventaja de que pueden ser leídos por los dispositivos móviles con mayor facilidad. 



Este uso, tanto de los códigos QR como de los códigos DM me parece ejemplar y muy positivo pues, como vemos, facilita mucho el proceso de registro arqueológico y permite un acceso más sencillo a la información de cada pieza. Probablemente sea lo que, a lo largo de las próximas décadas, se vaya imponiendo en el mundo de la arqueología. Este tipo de siglado digital cobrará todavía más importancia cuando se difunda el uso de dispositivos como las Google Glasses que permitan acceder de forma mucho más sencilla a la información que esconden estos códigos. En este sentido ya se están haciendo las primeras pruebas:

Lectura de códigos DM en piezas arqueológicas gracias a las Google Glasses (Fuente: Gglassday)


Para acabar, os dejo con algunas páginas web en las que se puede ampliar la información sobre este tipo de técnica de siglado arqueológico:



jueves, 31 de octubre de 2013

La fiebre de los códigos QR

De tres congresos en los que he estado últimamente, en dos de ellos se ha hablado con inusitado optimismo sobre el uso de códigos QR. Para quien no lo sepa, estos códigos futuristas son símplemente un puñado de cuadraditos entre tres esquinas que, a modo de código de barras, te redireccionan hacia una página web. Una idea así de simple tiene todos los visos de ser atractiva, efectiva y, finalmente, exitosa. Sin embargo, y aunque les pese a muchos náufragos que se aferran a esta tecnología como si fuera su última tabla, no ha sido así. Los códigos QR no han triunfado. ¿Por qué? ¿Dónde está su cara oculta? 

Un ejemplo de cómo los códigos QR en ocasiones ocultan más información de la que ofrecen.


Aunque los que nos dedicamos -entre otras cosas- a la tecnología vivamos en el mundo feliz de que todo el mundo la usa, lo cierto es que hay ejércitos de gente que sólo aprovecha lo más intuitivo de la tecnología que tiene a mano. ¿Son los códigos QR intuitivos? No. Rotundamente. Mucha gente los ve y no sabe ni lo que son. Pero imaginemos que les pica la curiosidad: "¿qué diablos será esta cosa tan moderna?" Generalmente no tienen al lado del código nada que les diga qué es y cómo aprovecharlo. Sigamos, sin embargo, suponiendo que esa persona pregunta a un vecino, o al amigo informático, qué son esos puntitos y éste se lo explica. El menda de turno, que tiene un smartphone normalito, se descarga la aplicación que le permite leer estos códigos y, al pasar por delante de la tienda de Apple, por ejemplo, ve un código QR. "Hostias", piensa, "Vamos a probarlo a ver si funciona, esto puede ser el futuro". Y sí, abre el móvil, intenta cargar el código, se coloca delante de él. Parece que el móvil lo coge. Sí. "¡Oh! La web de Apple." Cierta expresión de sorpresa fingida se dibuja en su rostro, quizás un tanto sonrojado ante sí mismo. "¿Esto es todo?" Y la peor pregunta: "¿Tanto para esto?".

Desgraciadamente es así: el contenido al que nos acercan los códigos QR es normalmente una web relacionada con aquel cartel en el que reposa el código de turno. ¿No es más sencillo abrir nuestro smartphone y escribir "Apple" en el navegador para acceder inmediatamente a la web de la empresa o a otras relacionadas?

La gente que vende los códigos QR como si fueran alfombras voladoras no se da cuenta del contexto social en el que se usa esta tecnología: gente que vive a un ritmo acelerado, con móviles que pierden su batería en unas horas y, en un principio, interesada por las cosas de forma superficial. Delante de un código QR tienes que pararte unos minutos a usar un móvil que probablemente esté en sus últimos momentos de vida del día para acceder a una información más completa que la del cartel de turno que vas a tener que leer en una pantallita de 6 centímetros de alto y que, probablemente, no te interesa. ¿Cuántas posibilidades hay de que lo hagas? 

De nuevo, poco sabremos de la persona que aquí reposa si no nos obligamos a usar la tecnología QR.

Buena parte del uso que se da actualmente a esta tecnología parte de una premisa equivocada: "Los códigos QR es algo que la gente usa". Debemos entender que sólo son una buena herramienta en contextos muy puntuales y como puerta a una información complementaria para gente con un interés alto y específico sobre un tema. Es decir, son algo muy elitista. La gente, normalmente, no usa un código QR a menos que esté tremendamente aburrida -y si tiene Internet para un código QR también lo tiene para echarse unas risas por Whatsapp, que probablemente sea más entretenido- o tenga un interés desmesurado en profundizar en un determinado tema. 

El forzar el uso de los códigos QR como se está haciendo actualmente sólo conduce, aunque resulte paradógico, a una cosa: ocultar información. Se ponen los códigos cada vez más grandes restando espacio en ocasiones a cuatro frases, una dirección web o una imagen que aportarían más información a todo el mundo. El uso pernicioso de esta tecnología evita incluir en formato analógico, escrito de toda la vida, ciertos datos para "invitar" a la gente a que se sumerja en el código QR. Craso error porque muy poca gente va a aburrirse tanto como para gastar su preciada batería -que es oro- en entrar en tu página, gañán.

¿Pensabais que el ministro Montoro no iba a ser también el más guay del patio?


Seamos sinceros, en el 90% de los casos usamos los códigos QR con el único objetivo de hacernos los chulos. "Mi cartel tiene un código QR y por ello soy más moderno y guay que nadie." El contenido da igual (¡Claro, si no va a entrar nadie!) lo único que importa es que aparezca ahí este cuadradito blanco con puntos negros porque estéticamente va a hablar muy bien de mí. De este modo, en el mundo del Patrimonio también se arrodilla en la mayoría de los casos el contenido ante la tecnología, el objetivo ante la herramienta. Y esto, señores, es contraproducente: la gente que usa un código QR que no le aporta realmente más información que acceder a la web de la institución de turno probablemente no vuelva a usar uno de estos códigos. ¿Para qué? Se nos olvida demasiado a menudo que la tecnología, por muy molona que sea, es un medio para transmitir un mensaje y que si este medio no cumple su objetivo es mejor sustituirlo. Así de sencillo. Lo demás sobra.

Además no debemos olvidar que una buena cobertura de red no llega -todavía- a todos los rincones del planeta. Se habla mucho de códigos QR instalados en los caminos de montaña más remotos para señalar así una magnífica ruta que hará las delicias de los que lo lean con su móvil. Pero maldición, ¿van a ofrecer todas las compañías buen acceso a Internet para descargar esa información desde aquel sitio recóndito? Seguramente no. Lo mismo se podría decir de la colocación de este tipo de códigos en yacimientos apartados de las ciudades por ejemplo. De nuevo, creo que se nos olvida el contexto real en el que se mueve actualmente nuestra sociedad. 

De nuevo, un flagrante caso de censura gracias a un código QR. ¿Creéis que esto se puede permitir?

Sin embargo, no niego que los códigos QR puedan ser una herramienta útil: imaginad, por ejemplo, un museo en el que todas las cartelas de las piezas tuvieran, además de la información básica que ya encontramos en ellas y que podemos leer sin tecnología de por medio, un pequeño código QR gracias al cual acceder a la ficha completa de cada pieza. Es una herramienta fantástica si se usa así y si nos aseguramos de que nunca sustituye a la información tradicional que, sin lugar a dudas, va a llegar a más público. Los códigos QR son una herramienta de profundización y uso puntual que resultan muy útiles, sobre todo, para investigadores y "frikis" del tema con el que se relacionen, pero no creo que nunca lleguen a ser la herramienta de futuro, de difusión y socialización del patrimonio con la que a veces se les confunde

Un buen uso de la tecnología de códigos QR. ¡Sí, existe!


"Al César lo que es del César..." Reconozcamos las posibilidades de esta tecnología en su justa medida para saber realmente aprovecharla como se debe. Podremos así evitar el lanzamiento de piedras que estamos haciendo contra nuestro propio tejado al usarla mayoritariamente con fines esteticistas, vendiéndola como el futuro de los futuros, la piedra angular de la difusión patrimonial. Patrañas... pero ¡Ay! ¡Qué fácil es generar un código QR de cualquier cosa y qué difícil un buen contenido del mismo!