Mostrando entradas con la etiqueta reflexión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta reflexión. Mostrar todas las entradas

viernes, 6 de junio de 2014

Diez razones para invertir en arqueología en tiempos de crisis

Por muy arqueólogos que seamos, por mucha conciencia como colectivo que podamos tener, más pronto que tarde nos hacemos esta pregunta: ¿de qué narices sirve la arqueología? Afortunadamente, el nerviosismo existencial dura poco si reflexionamos sobre el alcance de las bondades de esta ciencia. No ocurre lo mismo, sin embargo, con gente ajena a la disciplina que tiene una imagen distorsionada de la misma (la que fundamentalmente construyen los medios de comunicación) y que sigue confundiendo la arqueología con un alocado pasatiempo de aventureros y frikis

Todo esto viene a raíz de la publicación de una compañera, también arqueóloga, en Facebook: 



Y en un momento como el actual, donde hay seis millones de españoles sin trabajo, sobre todo jóvenes, donde se sigue diciendo que invertir en educación no garantiza mejores resultados (económicos, suponemos, pues así se mide ahora todo), donde la inversión en I+D+I, tanto pública como privada, ha caído estrepitosamente, obligando a exiliarse a muchos de nuestros mejores investigadores.... ¿Tiene sentido hablar de invertir en arqueología? Creo que sí. Teniendo claro que la educación y la sanidad son los principales pilares en los que debe sustentarse nuestra sociedad, la arqueología puede contribuir mucho como parte del primero de ellos.


Y ahí va una serie de diez puntos para justificarlo:
  1. Invertir en arqueología crea pensamiento democrático. La arqueología es ante todo una ciencia social que estudia al otro, es decir, comparte con la antropología el acercamiento a otras sociedades que frecuentemente son muy distintas a la nuestra pero con las que el grupo de investigación debe empatizar para poder comprender. La arqueología actual nos ayuda a olvidarnos de la idea colonial de ser el ombligo del mundo, a ponernos en el lugar del otro y a ser más solidarios; a reconocer que en lo fundamental todos somos iguales y, por lo tanto, a cimentar nuestras bases democráticas.
  2. Invertir en arqueología crea pensamiento crítico. La arqueología no es una ciencia exacta. Es imposible, en cualquier caso, saber exactamente qué ocurrió en un determinado yacimiento arqueológico. Esto nos hace tener que buscar siempre nuevos indicios que demuestren, enriquezcan o desmientan teorías porque nada es definitivo. Como en toda ciencia, no sirve que un investigador de renombre lance unas afirmaciones, queremos saber en qué se basa, dónde están los datos, qué pruebas tiene. Todo ello contribuye a crear una mente crítica basada en la razón y no en la creencia.
  3. Invertir en arqueología aporta valores de cohesión social. Las personas nos identificamos con nuestro pasado. Nos fascina saber de dónde venimos, averiguar quién habitó nuestra tierra antes que nosotros, cómo vivía, con quién se relacionaba. Descubrir los lazos de las sociedades antiguas, su relación con el paisaje, sus medios de trabajo, sus aficiones e ingenios nos enriquecen como sociedad contemporánea y afianzan los lazos de los grupos locales que se sienten parte de un conjunto mayor, que rompe incluso las barreras de la muerte. El trabajo arqueológico, además, debe ser un trabajo en sociedad, que implique relación de la comunidad local con los restos materiales de su pasado y esto fomente, además, su comprensión y aprecio. 
  4. Invertir en arqueología desarrolla la imaginación. La imaginación es un valor cada vez más arrinconado en la educación reglada tradicional -que deriva de sistemas relacionados con el Taylorismo y la organización fabril- y en el capitalismo extremo en el que vivimos donde el valor económico es el pilar fundamental. Sin embargo, sin imaginación no hay progreso, arte ni ciencia. La imaginación nos hace humanos y la arqueología es un impresionante motor de la imaginación: cuando una persona -sea o no arqueólogo- se enfrenta al pasado a partir de sus restos materiales activa una cantidad ingente de mecanismos mentales para observar en su mente aquella sociedad, sus usos, costumbres, arte, ciudades, etc. 
  5. Invertir en arqueología ayuda a muchos sectores científicos y humanísticos. La arqueología es una ciencia multidisciplinar, es decir, necesita del trabajo colaborativo de muchos profesionales, versados en múltiples campos de estudio: arqueólogos, historiadores, antropólogos, arquitectos, restauradores, artesanos, biólogos, geólogos, químicos, informáticos, diseñadores gráficos, ilustradores, guías turísticos, topógrafos, periodistas, etc., etc. Es una forma segura de dar trabajo a gran cantidad de profesionales de muchos ámbitos de la investigación.
  6. Invertir en arqueología es profundamente patriótico (¡Ojo! ¡Entiéndase bien!). No hablamos de actitudes nacionalistas antihistóricas ni de chovinismos de bandera. No hablamos de buscar las raíces del dialecto valenciano en el íbero ni de sabernos de memoria la lista de reyes visigodos. Hablamos de las posibilidades que tiene la arqueología para mejorar nuestro país, entendido como la comunidad de gente (comunidad de comunidades, más bien) que habita un espacio compartido. Invertir en arqueología puede evitar el exilio al que se está forzando a todos esos profesionales españoles de los que hemos hablado en el punto anterior e, incluso, animar a profesionales extranjeros a que vengan a investigar a nuestro país. Los que se precian de defender a España y "lo español" le están haciendo un flaco favor a nuestro país al fomentar la sangrante fuga de cerebros a la que estamos asistiendo (y que, de paso, les ayuda a rebajar la cifra de desempleo) y esto no se puede permitir.
  7. Invertir en arqueología enriquece el medio rural. En la sociedad fundamentalmente urbana en la que vivimos cada vez hay más pueblos abandonados, zonas empobrecidas que se empobrecen aún más y se ven abocadas a su desaparición. La inversión en arqueología, debido a la localización extraurbana de gran parte de los yacimientos, puede hacer que parte de los profesionales se trasladen durante ciertas épocas del año a trabajar en zonas rurales codo con codo con la gente de los pueblos, crear "comunidad arqueológica" en ellos y fomentar así el desarrollo del medio rural. 
  8. Invertir en arqueología ayuda a proteger el medio ambiente. La intrínseca relación que existe entre la arqueología y el paisaje está cada vez más reconocida por todos los profesionales. De hecho, cada vez se hacen más estudios conjuntos en este sentido que desembocan, en ocasiones, en rutas naturales/arqueológicas. Todo esto contribuye a fomentar una conciencia ecologista que apuesta por la protección del medio ambiente.
  9. Invertir en arqueología fomenta el desarrollo tecnológico. Las prospecciones, excavaciones, investigaciones, museos, exposiciones temporales, páginas web, etc., relacionados con la arqueología ponen en uso una impresionante cantidad de tecnologías tanto para conseguir mejores resultados dentro del trabajo de investigación como para contribuir a una mejor divulgación y socialización de los resultados obtenidos. Todo ello genera muchos proyectos de colaboración entre ingenieros que desarrollan las tecnologías más punteras y proyectos arqueológicos que aportan un campo práctico en el que experimentar con ellas. La arqueología se convierte así también en motor de avance tecnológico. 
  10. Invertir en arqueología contribuye al desarrollo económico a todos los niveles. Finalmente, como no puede ser de otro modo, la arqueología también revierte de forma económica lo que se ha invertido en ella. Probablemente no lo haga en cuatro años pero a medio y largo plazo, sin duda, se demuestra como un impresionante motor de riqueza económica. El turismo es uno de los principales pilares de la economía de nuestro país y la arqueología tiene un papel fundamental en ello. No sólo a nivel estatal sino también a nivel local, la arqueología puede constituir un fuerte reclamo para gente de fuera.

Un caso paradigmático de creación de desarrollo económico a raíz, entre otras cosas, de la inversión en arqueología es el de Cartagena (Murcia).

Sin duda se quedan en el tintero muchas de las razones para invertir en arqueología pero, ¿hacen falta más? Si es así os invito a vosotros mismos a que las propongáis en los comentarios ;)

martes, 27 de mayo de 2014

Arqueología "galáctica" y las modas de la arqueología en España

"Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana..." (Y ahora os recomiendo, antes de seguir leyendo, subir los altavoces a tope y pulsar a play en el siguiente reproductor:)


UNA VIEJA ESPERANZA

Nos encontramos en un periodo de 
desconcierto arqueológico. Las máquinas 
del ladrillo han sido por fin apagadas y, 
a la fuerza, muchos paletines, antaño armas
de la cata, han acabado recluidos en régimen
de esclavitud en oscuras floristerías. 

Durante la batalla, muchos han perdido
trabajo, ilusión, familia y sueños.
La burbuja inmobiliaria, una estación 
espacial acorazada con potencial suficiente
para destruir un país entero, ha estallado.

Perseguidos por los siniestros agentes
de la Academia y la Administración, muchos 
arqueólogos buscan refundar la disciplina, 
superar la crisis y seguir excavando.
Muchos pretenden, de este modo, devolver
la Galaxia a sus años dorados...



¿Existirá arqueología en el universo Star Wars? Si existiera probablemente sería algo como lo que se ve en la imagen, no muy distinta a la arqueología de toda la vida, con su polvo, sus papeles, sus cuadernillos, paletines, carretillas y sus naves militares estrelladas tras alguna batalla, cubiertas finalmente por la tierra. Si existiera la "arqueología galáctica" quién sabe si tendrían los mismos problemas que nosotros, una burbuja inmoviliaria maligna, mucho curro en época de vacas gordas -¿o serían banthas gordos?- y de espejismos aún más gordos. Y ahora, ¿qué? Se preguntarían. 

Como en la Galaxia, también en nuestro país existen todavía arqueólogos que quieren volver a la época de bonanza. Aquel tiempo de oro en el que el trabajo y el dinero nos desbordaba. Se excavaba mucho, o se hacía algo parecido. Así la describió Jaime Almansa hace poco: "Académicos mayoritariamente desentendidos del mundo y absortos en su búsqueda de un conocimiento que no termina de llegar a nadie. Empresarios que aprovechan el exceso (o defecto) de trabajo para cosificar investigadores, convertidos en herramientas para la liberación del terreno. Técnicos desbordados y desmotivados. Estudiantes todo terreno que aceptan la precariedad como salida a la nada." Y acaba con una pregunta que debemos hacernos todos: "¿Era esa la Arqueología que queremos?"

No sé si de verdad hemos cambiado mucho pero sé que es el momento del cambio. Un cambio sincero de la arqueología tradicional hacia nuevos horizontes que hagan de nuestra disciplina una ciencia más rigurosa, social, ética y pública.

Los que analizan la situación de la Arqueología Española en la actualidad -y muy revelador es en este sentido el último artículo de Neil- hablan de unas oportunas modas a las que muchos de los arqueólogos que se han quedado sin trabajo se están sumando en masa: entre ellas destacan, entre otras, la arqueología pública (con los talleres, quizás, por bandera) y la arqueología virtual. Dos ramas de la arqueología que, en principio, son muy positivas: la primera busca la integración de toda la sociedad de nuestra profesión y de los frutos de nuestro trabajo ya que, al fin y al cabo, el patrimonio pertenece a toda la sociedad y en muchas ocasiones es el dinero público el que nos paga; la segunda explota el desarrollo de las nuevas tecnologías, el famoso mundo del 3D, que permiten importantes avances en la metodología de documentación, investigación y difusión del patrimonio arqueológico. 

A estos carros, entre otros, se está subiendo gran parte de la comunidad profesional arqueológica porque no tienen qué llevarse a la boca y ven en ellos posibles puertas a un futuro profesional. No creo que sea denunciable. En algunas ocasiones, bien es cierto, hay gente que quiere volver a la época de bonanza económica anterior de forma rápida e irreflexiva aprovechándose del trabajo en estas nuevas disciplinas pero, generalmente, se dan de bruces con la realidad y se dan cuenta de que ni es tan fácil organizar talleres didácticos ni se documenta un edificio en 3D por arte de magia. Generalmente no llegan a buen puerto. Estos casos reflejan la situación actual de la arqueología pero no creo que modifiquen en gran medida el futuro de nuestra disciplina. Otra cosa totalmente distinta es la gente que apuesta por estas nuevas "modas" para caminar de verdad hacia un tipo de arqueología distinta hacia la creación paulatina de una arqueología de mayor calidad científica y humana. Estas iniciativas serán las que de verdad marquen el cambio y condicionen el futuro de nuestra profesión.

No nos olvidemos, para acabar, de dos cosas: que no se debe menospreciar la importancia de la arqueología tradicional, la investigación arqueológica pura que se ocupe de la terra sigillata hispánica o de los sistemas de poblamiento del alto Ebro; y que es fundamental comprender que no sólo no podemos volver atrás a aquella época dorada destruida por la famosa Crisis sino que es deseable no hacerlo. Tanto dentro de la Arqueología como fuera de ella se cometieron muchos desmanes que es importante no volver a repetir.

Que la fuerza nos acompañe a todos. Que falta va a hacer.

jueves, 22 de mayo de 2014

El traje nuevo del Museo (o El Museo Desnudo)

"Hace muchos años había un Museo en el centro de la capital del Reino. El Museo solía incorporar novedades tecnológicas para explicar sus salas y la gente estaba encantada. Poco a poco, sin embargo, dejó de introducir esas tecnologías para enriquecer el contenido, para hacer que éste llegara mejor a la gente, y lo comenzó a hacer únicamente por su espectacularidad. La gente, poco a poco, se fue sintiendo alejada. Las tecnologías más modernas salían de la fábrica y el primer sitio al que entraban era al Museo. No se podía abrir el Museo si no se había incorporado ya lo último de lo último. La gente había dejado de entender el Museo pero seguía acudiendo porque tenía la esperanza de aprender algo nuevo algún día y, al fin y al cabo, podía ver las piezas.
Un día una nueva empresa le presentó al Museo la última de las tecnologías: un fantástico sistema de realidad aumentada, inalámbrico y que no necesitaba del uso de ningún dispositivo, que permitía mostrar todos los objetos como nunca antes se habían visto. Era algo increíble, avalado por miles de expertos. Sólo tenía un problema: la gente que no llegaba a cierto nivel de CI no podría apreciar la explosión sensorial que prometía esta nueva tecnología. El Director del Museo no lo dudó: se implantaría sin demora este nuevo sistema. 
El día de la inauguración, el Director se sorprendió al comprobar que no veía ninguna de las piezas que antes estaban expuestas en el Museo. Resultaba extraño: allí estaban las vitrinas, los soportes y cartelas, pero las piezas resultaban imperceptibles. El Director pensó que no debía ser lo suficientemente inteligente y que, por eso, no las veía. La gente comenzó a entrar al Museo y cuando pasaba al lado del Director alababa aquella nueva tecnología pese a que ninguno lograba ver las piezas. "No soy lo suficientemente inteligente", pensaba cada uno para sí mismo. 
Finalmente, un niño dijo: "Mamá, en este Museo no hay ninguna pieza". Y todos se dieron cuenta, entonces, de lo ciegos que habían estado: aquella nueva tecnología había desnudado de piezas el Museo, las había retirado y eliminado por completo. El Director se puso muy rojo, avergonzado de que aquella escalada tecnológica le hubiera llevado a olvidarse, por completo, de las piezas, de lo que algún día quiso enseñar en el Museo."



Mis compañeros de disciplina me van a acabar odiando por este tipo de entradas. Lo sé. Sin embargo, creo que esta pequeña interpretación del cuento de Hans Christian Andersen nos puede ayudar a entender algo fundamental para la correcta aplicación de la tecnología en la museografía actual: el contenido, las piezas, aquello que queremos transmitir y enseñar va siempre por delante de las tecnologías que usemos para hacerlo. Veo con demasiada frecuencia alabanzas acríticas al uso de la tecnología en los museos, explosiones de emoción que parecen indicar que todos los problemas museográficos se van a solucionar aplicando la última de las tecnologías. No es así, de ningún modo. 

El uso de la tecnología en los museos es altamente recomendable y puede mejorar mucho la relación entre el contenido del mismo y sus visitantes. Para ello, sin embargo, debemos preguntarnos primero: ¿Qué queremos transmitir? y segundo: ¿Cual es la herramienta más adecuada para ello? La evolución de la tecnología en los últimos años hace que el número de herramientas para la transmisión de conocimiento en los museos se haya visto aumentado exponencialmente pero, para hacer efectivo su uso es necesario tener en cuenta dos cosas: uno, debemos conocer estas tecnologías y sus posibilidades y, dos, nunca tenemos que descartar el uso de una técnica tradicional (ilustraciones, textos, etc.) por el mero hecho de no ser lo más puntero.

Un buen uso de estas nuevas tecnologías -y, corregidme si no es así, que no he podido verla en persona- se encuentra en la reciente exposición del British Museum en la que se pueden explorar por dentro una serie de momias egipcias. En estos casos la gente se olvida que que tiene tecnología de última generación entre sus manos porque lo ocupa todo la conversación con las piezas. Eso es lo importante. La informática, el 3D, la interactividad... se convierte en un lenguaje. El visitante no piensa en él mientras lo usa. Simplemente lo disfruta. 

Uno de los paneles interactivos dispuestos en la nueva exposición del British Museum.

Hoy mismo he leído un artículo bastante bueno de EVE Museología, titulado "Museos e Interactividad", en el que se alaban con razón muchas de las nuevas tecnologías y sus posibilidades aplicadas a distintos museos pero se olvida la autocrítica. Se hacen en este artículo una serie de preguntas retóricas ante la reticencia de muchos museos a actualizar sus sistemas tecnológicos: "¿Tendrán miedo a lo desconocido por qué para ellos es verdaderamente un mundo desconocido? ¿Será que no tienen ni idea de lo que estamos hablando? ¿Será que su ignorancia sobre el tema está afectando a los visitantes que esperan mucho más de un museo?". Yo creo que no es ninguna de estas cosas. Los museos tienen miedo a incorporar novedades tecnológicas porque en muchas ocasiones ya les han fallado y no les han dado los resultados que esperaban. Se han encontrado con tecnologías muy caras, que no han resultado excesivamente atractivas, con las que no saben bien si la gente ha aprendido mucho o si sólo las ha usado como pequeña curiosidad y que, finalmente, han quedado totalmente obsoletas.

Un ejemplo de ello son unos fantásticos paneles interactivos con unos magníficos proyectores en 3D que se encuentran en el Museo de San Isidro (Madrid) y que fueron un completo desastre, según nos contó en persona el director del mismo, quedando obsoletos pocos meses después de su instalación. ¿Quién tiene la culpa de esto? ¿La tecnología? No, de ningún modo. La tienen, por un lado, aquellos que se empeñan en aplicar las tecnologías a la museografía con el único pretexto de que son lo más moderno que hay en el mercado y que por lo tanto van a gustar a la gente y, por otro, nosotros mismos como virtualizadores del patrimonio, que no hemos sabido o no hemos tenido la oportunidad de indicar cual es el camino correcto para realizar este tipo de intervenciones. 

Los famosos paneles interactivos y proyectores en 3D del Museo de San Isidro.

La aplicación indiscriminada de las nuevas tecnologías a los museos no garantiza de ningún modo su éxito como centro de transmisión social de un conocimiento determinado. Su aplicación inteligente, en cambio, puede ayudar muchísimo en esta función didáctica y social. Es en esto en lo que tenemos que trabajar más actualmente, en mi opinión. Ya no es tan importante saber cual es la última de las tecnologías y qué museo nos va a dejar instalarla antes sino cómo conseguir que éstas (tanto la última como la primera de las tecnologías) se conviertan en herramientas válidas para aumentar la función educativa, divulgativa y social de nuestros museos. 

Acabo con unas reflexiones de Mikel Asensio y Elena Asenjo en su libro "Lazos de Luz Azul. Museos y Tecnologías 1, 2 y 3.0":
"A la tecnología conviene mirarla de soslayo, como si viniera vestida con gabardina y sombrero oscuros, porque siempre se presenta con nombre falso, el cuello subido y haciendo demasiado ruido para las calles solitarias y nocturnas. [Sin que esto nos oculte, sin embargo, que ella misma ha provocado] un aumento de la implicación con el patrimonio, no sólo de los usuarios individuales sino de comunidades virtuales al completo, y una mayor democratización de los bienes culturales." (pp. 18 y 21)


domingo, 11 de mayo de 2014

Las JIA 2014 y el futuro de la Arqueología

La semana pasada estuvimos en las JIA 2014, compartiendo arqueología, ideas, compañía, opiniones, Kelers 18 y patxaranes. Como os podéis imaginar, el encuentro dio para mucho. Quedé gratamente sorprendido por la importancia que poco a poco le damos a la educación, a la discusión y al debate. Fue un congreso protagonizado por mesas redondas, por proyectos valientes y por algún sano encontronazo. No vi una gran pasarela de egos pero sí muchas ideas y propuestas de colaboración. Creo que tenemos que estar contentos y seguir trabajando en esta línea, porque ese es el camino. 


Por mi parte, tuve la oportunidad de abandonar de forma momentánea las conferencias sobre virtualización del patrimonio, alejarme de los cómodos power point y hablar cara a cara con la gente de temas sin duda de mayor calado: de cómo queremos entender la arqueología, de qué queremos que esta signifique para nosotros y, lo que es más importante, para el resto de la gente. 

Por eso comencé diciendo que allí iba a hablar de política. Política entendida en el sentido más importante de la palabra para el buen funcionamiento de una sociedad libre: "la actividad de cualquier ciudadano que interviene en los asuntos públicos con su opinión, su voto, o de cualquier otro modo" (Novena acepción del término “político,-a” en el diccionario de la RAE. Mayo de 2014). Cabría recordar aquí que quien no es político, en este sentido de la palabra, no es libre, pues entrega su responsabilidad y su capacidad de elección a otra persona. No en vano ya le dijo Francisco Franco, Caudillo de España, a uno de sus ministros a comienzos de los años 40: “Haga usted como yo y no se meta en política”. Pues mire usted, lo siento mucho pero yo me voy a meter en política. El patrimonio cultural es de todos y por lo tanto es algo público, objeto de discusión y de encuentros, objeto de discurso político. 

Hace poco el filósofo italiano Nuccio Ordine escribió hace poco un pequeño pero interesantísimo ensayo titulado La utilidad de lo inútil que me ha hecho reflexionar sobre el punto al que hemos llegado a la hora de apreciar la Cultura y, en particular, el patrimonio arqueológico. Baste como ejemplo esta publicación en la web de la Asociación de Amigos de la Alcazaba de Almería en la que se habla de rentabilidad del patrimonio en términos exclusivamente económicos. Da la impresión de que los beneficios son económicos o no son. Éste es el punto al que hemos llegado y se entiende por la evolución a lo largo del siglo XX de los países “civilizados” hacia una forma de pensar caracterizada por el capitalismo extremo donde priman, sobre todo lo demás, el beneficio económico y el éxito individual. Es esta mentalidad la que nos hace entender la Cultura como algo accesorio e incluso prescindible si no nos aporta grandes beneficios económicos a corto plazo. Es esto lo que hace que los que se consideran políticos profesionales, y en tantas ocasiones nos niegan la capacidad de hacer política al resto, no apuesten por una arqueología social que vaya más allá de las cifras económicas cada cuatro años.

Es el momento de reivindicar una “arqueología inútil” porque, parafraseando al dramaturgo rumano Eugène Ionesco, “si no se comprende la utilidad de lo inútil no se comprende el arte”. Cambiemos arte por arqueología y tendremos la fórmula. Con “arqueología inútil”, obviamente, no me refiero a una arqueología absurda y sin sentido sino a una arqueología donde el beneficio social, cultural y colectivo prime sobre el beneficio económico. ¿Es esto sostenible? Por supuesto. Sólo hace falta concienciar a la gente de que los beneficios como sociedad -sin olvidar los económicos- serán mucho mayores si se construye conocimiento, crítica, respeto y aprecio por todo lo que nos rodea. El camino contrario es pan para hoy y hambre para mañana. 

De forma probablemente fortuita estos cambios en la mentalidad de todos, donde se prefiere la inmediatez a la reflexión -y los nuevos medios de comunicación tienen mucho que ver con esto, como demuestra Nicholas Carr-, benefician no a toda la sociedad sino únicamente a aquellos que buscan enriquecerse de forma individual. Se entiende que el beneficio económico acelerado, las cifras abultadas, los ceros en el cheque, son los garantes del resto de beneficios (social, cultural, intelectual, espiritual, etc.) cuando en realidad es al revés: solo una educación en el trabajo colectivo y en el crecimiento como personas nos puede llevar a cuadrar las cuentas y a obtener una mezcla de rentabilidades que nos permita seguir desarrollándonos como sociedad y, en definitiva, ser felices. 

Es por eso por lo que también reivindiqué en Vitoria la muerte de la rentabilidad, entendida como un ente único centrado en el beneficio económico para reivindicar una mezcla de rentabilidades. Necesitamos comenzar a poner al mismo nivel el beneficio social, intelectual, emotivo y humano que el beneficio económico. ¿Qué podemos hacer para ello? 

En esto, más que yo, deberían tener la palabra todos aquellos que de una forma u otra nos enseñaron los posibles caminos que se le abren a la arqueología del futuro. Me pareció muy importante la defensa del trabajo colectivo y de las asociaciones como vínculo entre la sociedad y el patrimonio que se hizo desde la mesa coordinada por Alberto Polo y Lorena Marín, miembros de AJIPA. Habría que resaltar más, como bien dijo en repetidas ocasiones Álvaro Falquina, la necesidad de actuar, de no quedarse en el debate o en la discusión bizantina. El debate sin actuación no significa nada. La didáctica del patrimonio también estuvo, por suerte, muy presente: ¿cómo debemos enseñar arqueología a aquellos que les es ajena? ¿cómo hacer que la aprecien y la defiendan? De nuevo aquí nos llevamos mucho sobre lo que pensar gracias a Irene Palomero, Gemma Cardona, A. Polo. y a tanta otra gente que participó en el debate conscientes de que la educación es la única salida posible

Se habló de difusión, de accesibilidad, de socialización, de encuentro, en definitiva, de cómo poner en valor el patrimonio de cara a toda la sociedad. Pero una de las cosas más interesantes me pareció la indicación que hizo Jaime Almansa sobre cómo había cambiado la forma de entender "Arqueología Pública" de unos años a esta parte, pasando de ser la arqueología llevada a cabo por las administraciones públicas a ser la arqueología abierta, social, colectiva, comprometida y compartida por todos. Ni punto de comparación, ¿verdad? 

En una búsqueda sobre "public archaeology" en Google Images lo que más resalta son las personas.

Lo que está claro es que el testigo, hoy por hoy, lo tenemos los jóvenes y que de nosotros va a depender que la arqueología siga evolucionando y caminando hacia un modelo más justo y respetuoso tanto con el patrimonio como con las personas que alguna vez fueron, que hoy son y que mañana serán. Al fin y al cabo, el patrimonio y la arqueología son algo fundamentalmente humano, que no va de piedras sino de personas. Si nos conseguimos dar cuenta de eso -y conseguimos transmitírselo a la gente- habremos avanzado mucho.


miércoles, 30 de abril de 2014

La Pompeya de los tontos


Hay ciertas cosas que ocurren con frecuencia en Arqueología y una de ellas es el hallazgo de la Tumba de Alejandro Magno. Esta sí. La de verdad. En tiempos recientes ha ocurrido, por ejemplo, en 1995, cuando se dijo haber encontrado dicho mausoleo en el Oasis de Siwa, pero ahora estamos en racha: en los últimos dos años ya se han excavado varias tumbas de Alejandro, como la hallada en Anfípolis (Macedonia, Grecia) en el verano de 2013 o la que parece haber sido encontrada este mismo mes en plena Alejandría. Aquí hay Tumbas de Alejandro para dar y regalar y, mientras tanto, la casa sin barrer. Cosas de la sensacionalitis extrema, una enfermedad que cada vez nos golpea con más fuerza. Se puede hacer divulgación sin faltar a la verdad pese a que todavía, en el mundo del periodismo cultural, no se entienda. Baste recordar, ya que hablamos del bueno de Alex, el ensayo divulgativo "La Tumba de Alejandro" de Valerio Massimo Manfredi, que recomiendo encarecidamente.

Otra de las frases más manidas del periodismo arqueológico, y que a más de uno nos hacen tirarnos de los pelos, es la famosa "hallada la Pompeya de (término a elegir)". De este modo tenemos la Pompeya ibérica (?), la Pompeya de los dinosaurios chinos, la Pompeya de los microbios en momias, la Pompeya de la Primera Guerra Mundial, etc., y así podríamos seguir en una infinita serie de desafortunadas comparaciones. Si encontramos un yacimiento y queremos que salga publicado en prensa debe ser o el primero, o el más grande, o una de las mil pompeyas que debe tener cada periodo histórico. Si no, no vale nada.

Hemos llegado así a un punto de arbitrariedad en el que todo vale, y si llama la atención de forma simplona y fantasiosa mucho mejor. Obviamente, jugar con fuego quema y todo son risas hasta que alguien pierde un ojo. De este modo, el prestigioso canal National Geographic Channel (NGC) ya está caminando sobre terreno terriblemente pantanoso con programas como "A la caza del tesoro" que rompe todas las leyes habidas y por haber de Patrimonio, o el vergonzoso "Nazi War Diggers", que finalmente ha sido retirado de la parrilla del canal por las intensas presiones que ha sufrido desde la arqueología científica. Y menos mal. Tratar los restos de personas como una atracción de feria no parece lo más adecuado.

En la televisión española quiero creer que no nos estamos dejando llevar por ese extremo sensacionalista pero, en ocasiones, la realidad te da de bruces en la cara. Sí. Tenemos que nombrar a Cuarto Milenio. Hay que reconocer que en las últimas temporadas -quizás por la asociación cada vez más estrecha con Nacho Ares- el programa está incluyendo reportajes de arqueología que de verdad contribuyen a una divulgación de cierta calidad y a la reivindicación de la arqueología como ciencia. Baste recordar, por ejemplo, este pequeño espacio dedicado a las Momias de Quinto de Ebro. Sin embargo, siguen quedando todavía muchas trazas de la arqueología fantástica que sólo consiguen distorsionar más el trabajo científico, como hemos visto este fin de semana con el desafortunado reportaje dedicado a una estela prerromana del Casar de Cáceres y titulado "El mensaje del extraterrestre". En él un supuesto "epigrafista prestigioso" nos mostraba en directo una serie de asociaciones mentales completamente erróneas que le llevan a determinar que un grabado en una estela representa a un extraterrestre.

¿Por qué el equipo de Iker no se ha molestado en contrastar esa información preguntando a catedráticos de filología y arqueología?  No lo sabemos muy bien. Quizás por miedo a que les desmonten esta fantástica teoría y por su comprensible añoranza a todo lo que suene a OVNI. Que está muy bien, no me meto con ello, sólo pido que se investigue con rigor.

¿Deben las cámaras y las ávidas plumas de los periodistas desaparecer del mundo de la arqueología y el patrimonio? De ninguna forma. Es más, creo que se debería potenciar la entrada de los medios de comunicación a las entrañas de nuestro trabajo y quizás así se comenzara a mostrar una arqueología más real, no exenta por ello de misterios y atractivo. Mientras no nos demos cuenta de que el rechazo del sensacionalismo se potencia, precisamente, desde la transparencia total de nuestro trabajo, seguiremos creando, si queréis, otra nueva pompeya, la "Pompeya de los tontos" donde, siguiendo el mito, la gente ha quedado paralizada en el tiempo, estupefacta y fascinada, ante las maravillas inventadas de una arqueología que no existe.

viernes, 21 de febrero de 2014

Reconstrucciones virtuales, ¿quién se debe ocupar de realizarlas?

Hace pocos días, a raíz de los últimos trabajos que estoy haciendo y que fundamentalmente van encaminados a coger soltura en la ejecución de la técnica de reconstrucción facial en 3D, se generó un debate en uno de los grupos de Facebook que me parece interesante recuperar aquí. Nos empezamos a preguntar si realmente tenemos derecho los que nos dedicamos a la virtualización del patrimonio a reconstruir por doquier todo nuestro pasado. ¿Quienes somos para reconstruir un rostro? ¿No debería hacer eso un antropólogo? ¿Quienes para reconstruir un edificio? ¿No debería hacerlo un arquitecto?

Perdonad por el tamaño del artículo -nuestras ajetreadas vidas no nos dejan, en ocasiones, enfrentarnos con textos que a nuestros padres se les antojarían minúsculos- pero es de recibo que si en este blog dedico un espacio a la crítica, invierta el doble en la autocrítica.


Fotomontaje de la reconstrucción facial de Artxua.
Os dejo sin dilación con las reflexiones, a raíz del tema anteriormente comentado, del arqueólogo Javier Muñoz, director de Gerión Hispania en las RRSS:

"Hace unos días pude comprobar los espectaculares resultados que se pueden llegar a obtener tras el modelado y esculpido sobre un cráneo hasta conseguir el hipotético rostro que una vez lo cubrió. Esto es algo que, sin duda alguna, muchos arqueólogos han deseado en sus fueros más internos cuando al excavar han encontrado restos de una sepultura. La curiosidad por saber absolutamente todo de nuestro pasado nos lleva en muchas ocasiones a querer averiguar detalles, que aun no aportando datos especialmente relevantes para el estudio histórico sí que nos ayuda enormemente a acercarnos a esa época que estudiamos. De hecho, una gran restitución del rostro perdido puede llegar a eclipsarnos y no dejarnos ver el bosque que hay tras el. 
Probablemente en época Prehistórica, en los momentos donde el Ser Humano está en proceso de convertirse en lo que hoy vemos andando por la calle, esta técnica puede llegar a cobrar realmente una importancia plena. La restitución de una cara sobre un cráneo de homínido nos puede ayudar casi en igual medida que el propio hallazgo de ese resto arqueológico. ¿Qué sentido tiene una oquedad nasal más grande? ¿Por qué ese frente occipital tan desarrollado? Son cuestiones que pueden ser más fácilmente contestadas y entendidas si podemos cubrir el cráneo desnudo con la faz que una vez tuvo. 
Llegados a este interesante punto, nos deberíamos preguntar, ¿quién debería realizar esta hipótesis de restitución? 
Cuando hablamos de Virtualización del Patrimonio o de Virtualización de forma general hemos de tener en cuenta que el trabajo resultante no es producto de una sola persona, sino que lleva consigo la cooperación y estudio de un equipo multidisciplinar que acaba ofreciendo diversos puntos de vista encaminados a obtener un resultado. El primer paso, sin duda alguna es la toma de conciencia de este particular.
A modo de anécdota contaré como la primera vez que me enfrenté a la restitución de un edificio, concretamente una basílica de época romana, allá por 2002, no tardé en darme cuenta de este punto. Al iniciar el levantamiento de volúmenes empecé a encontrarme con serios problemas en el acabado, ¿ventanas? ¿cuántas vigas? ¿cómo funcionan las aguas del tejado? La primera reacción es dirigirse hacia las restituciones más famosas, hay que tener en cuenta que en esas fechas no abundaban en absoluto las recreaciones 3D tal como las conocemos hoy, pero evidentemente no todas las basílicas son la Basílica Ulpia. La solución a la gran mayoría de mis preguntas y dudas fueron resueltas por el mismo tipo de profesional que las acabó resolviendo en la obra original. La incorporación de un arquitecto al equipo le dio no solo otra perspectiva al trabajo sino respuestas evidentes a lo que a mi me parecía prácticamente imposible de responder. Y lo que me pareció de más interés, aquello que yo daba como verdad absoluta en la restitución arquitectónica, hacía aguas por todos lados tras la aportación de un punto de vista especializado en construcción. 
Con esto, tan solo quiero invitar a la reflexión y hacer cuestionarnos aquello que nosotros habitualmente damos por cierto y del modo que puede cambiar al aportar el punto de vista de un especialista en el tema. Como arqueólogos o historiadores acumulamos conocimientos en base a la comparación entre distintos edificios a lo largo de la Historia, pero solemos olvidar que eso en multitud de ocasiones poco tiene que ver con la resolución de un levantamiento arquitectónico. No basta con conocer todos los paralelos constructivos o las soluciones edificatorias históricas, sino que al realizar un levantamiento en 3D tenemos que dar respuesta a cuestiones que habitualmente solo un arquitecto puede contestar debido a su experiencia y conocimientos acumulados en la construcción de edificios.
Hipótesis de reconstrucción virtual de una puerta medieval de Guadalajara hecha a partir de estudios históricos, histórico-artísticos y arqueológicos.

Cuando nos enfrentamos a un trabajo tan sumamente delicado como una reconstrucción fácil la dificultad se multiplica, puesto que el bagaje que tenemos como arqueólogos o historiadores al enfrentarnos a edificios, en el caso de la anatomía forense no existe. ¿Queda en este caso la labor del virtualizador en el terreno del técnico que únicamente debe seguir las directrices marcadas por el especialista? Probablemente. Igual que al enfrentarnos a la restitución de un edificio el arquitecto es el apoyo técnico ante esta labor que en muchas ocasiones capitanea el propio virtualizador especializado en Patrimonio Cultural. Siendo la anatomía forense un campo que en principio nos resulta realmente ajeno debemos tomar conciencia de nuestro papel y posibilidades
Precisamente, cuando hablamos de equipo o trabajo multidisciplinar estamos hablando de eso, no solo de la composición en sí del equipo, sino de un reparto del trabajo entre los distintos profesionales que forman dicho equipo. En manos del coordinador de ese grupo de trabajo queda determinar el porcentaje de intervención o el papel de cada uno de esos especialistas en la consecución del resultado final."

Ante estas palabras sólo puedo reconocer con humildad que los virtualizadores del patrimonio (no sé si alguna vez llegaré a acostumbrarme a tal título) debemos apostar siempre que sea posible por este trabajo en equipo colaborativo que nos permita desarrollar reconstrucciones virtuales lo más fieles a la realidad histórica. ¿Cómo podemos llegar a saber realmente qué diablos debemos reconstruir si no tenemos contacto con un amplio elenco de profesionales? Esto no es nada nuevo, es un debate que, en especial, se encargan de impulsar con fuerza desde la SEAV (Sociedad Española de Arqueología Virtual) y que, en efecto, debería constituir el centro de todas las reconstrucciones virtuales: contar con un paleobiólogo para que nos diga exactamente la forma que tenían determinados árboles o qué madera se debió usar en la techumbre de determinado edificio; colaborar con un geólogo que nos indique con precisión las características de la zona a reconstruir en determinado siglo; incluso con ingenieros que nos demuestren que determinados mecanismos debían ser así y no de otra manera. Pero, ¿es esto siempre posible? Con rotundidad habría que responder que no.

En la mayoría de proyectos de virtualización -y arqueológicos, no lo olvidemos- no se cuenta con un presupuesto desorbitado que permita pagar un sueldo a una veintena de personas para reconstruir un edificio y aquí entra nuestra figura: la de aquel que, conociendo las tecnologías y herramientas de virtualización, consulta profesionales, expertos, artículos y libros de cada uno de los frentes abiertos para reconstruir con la máxima fidelidad histórica aquello que tiene entre manos.

El conocimiento de las herramientas disponibles y cómo hacer que estas funcionen de puente con el Patrimonio es lo que, finalmente, conduce al éxito de estos proyectos.

Por eso creo que tampoco hay que tener miedo a realizar reconstrucciones virtuales atrevidas siempre y cuando se haya llevado a cabo un trabajo honesto, basado en una investigación previa y siempre que sea honesta también la presentación de los mismos: es necesario hacer hincapié en el tipo de hipótesis que estamos mostrando y, probablemente, en su grado de fiabilidad histórica. A raíz de esto, se ha propuesto en ocasiones establecer porcentajes de fiabilidad al lado de cada reconstrucción virtual ("80% de fidelidad histórica") o incluso un sistema de colores que vaya de menos a más fidelidad (De "azul - altas dosis de imaginación" a "verde - alto grado de rigor histórico"), pero quizás sea llevar el asunto a un extremo un tanto exagerado.

Lo importante, en mi opinión, es que sea un trabajo de repensar, de ida y vuelta, de mostrar ciertos resultados y, poco a poco, ir afinando las hipótesis, tal y como debería ser toda investigación arqueológica. En este sentido se muestra muy ilustrativa una de las últimas entradas del blog de Balawat en la que se explican las vueltas que hay que dar a una reconstrucción para que se acabe adaptando finalmente al pasado potencialmente más real. Obviamente, contando con los profesionales expertos en aquello que se va a reconstruir. Así, finalmente, el papel de los que nos dedicamos a la virtualización del patrimonio se convierte en el de "catalizador" de conocimiento y puesta en marcha de una serie de herramientas tecnológicas y visuales que permitan explicarlo.

Una imagen muy ilustrativa del blog de Balawat donde se muestran anotaciones sobre una reconstrucción virtual sobre las modificaciones que deben realizarse en ella.


Es importante, además, que no olvidemos una cosa: al igual que una investigación histórica, una reconstrucción virtual nunca está terminada, siempre puede ser repensada, refinada y completada. Y nosotros debemos estar abiertos a ello, por eso es tan importante que publiquemos cómo hemos realizado una determinada reconstrucción y en qué nos hemos basado, pues sólo eso mostrará la base histórica de las mismas, sus puntos fuertes y débiles, a posteriores investigadores que podrán mejorar nuestros trabajos. Esta, probablemente, es aún una asignatura pendiente de la Arqueología Virtual.

De cualquier modo, esto no es ningún debate cerrado y siempre estárá abierto a discusión: ¿puede ser capaz un arqueólogo que dedique a virtualización del patrimonio de realizar por sí mismo una reconstrucción en 3D? ¿cómo conseguir una verdadera colaboración entre profesionales en proyectos en los que el presupuesto es muy reducido o inexistente? ¿cuales son las vías más adecuadas para llevar a cabo esta colaboración?


jueves, 12 de diciembre de 2013

Estado de emergencia: un militar a la cabeza del "Progetto Pompei"

Hace unos años estuve excavando en Pompeya. El manto de nubes que nos cubrió durante toda la campaña, y que de vez en cuando dejaba caer un aguacero sobre los destartalados muros de laterizio, no evitaba que cada cierto tiempo tuviéramos que acercarnos a por agua a una fuente cercana, entre la Via Consolare y el Vicolo di Modesto. El primer día nos dijeron que "oficialmente" el agua no era potable. Que la seguridad privada tenía por obligación recomendar no beber del agua de aquellas fuentes milenarias y afirmar su insalubridad. El motivo realmente era algo más sórdido: la camorra tenía pactado cierto impuesto sobre las botellas de agua que los millares de turistas compran en la cafetería y si se ponían a consumirla gratis, en las muy sanas fuentes que salpican la ciudad, se les jodía el negocio. Así de simple. 

Giovanni Nistri y una pintura pompeyana que no sabe ni dónde se ha metido.
Ayer saltaba la noticia a los medios de comunicación españoles: había sido elegido Giovanni Nistri, un general de los Carabinieri, para encabezar el gran proyecto de consolidación, restauración y marketing -no olvidemos esta última- de la gran ciudad romana de Pompeya. El principal objetivo, según se cuenta, es precisamente luchar contra la camorra que desvía continuamente fondos de las maltrechas arcas del yacimiento. Me sorprendió desde un principio el ambiente de "se ha hecho lo que se tenía que hacer" que inundó las redes sociales. Parece que existía un júbilo contenido como si poner un militar al frente de algo significara dejarse de tonterías y coger el toro por los cuernos. Como si cualquier otra opción hubiese sido una elección de blandengues condenada al fracaso. Y es probable que en parte sea cierto, ya veremos.

Tanto el militar Giovanni Nistri como el vicedirector del proyecto, Fabrizio Magani -éste último historiador del arte- se han ocupado de tareas relacionadas con la defensa del patrimonio y de planes de emergencia de rehabilitación patrimonial, dejémoslo claro, y no son la peor elección que hubiera podido tomar el ministro Bray. Se tanteaba también encumbrar al frente del proyecto al empresario napolitano Giuseppe Scognamiglio que tiene tanto que ver con la arqueología como yo con la cosmética de uñas y que a todas luces hubiera sido menos efectivo en la lucha por el desfalco de dinero. La elección del director del Progetto Pompei levantó una interesante campaña en las redes sociales bajo el hashtag de #nonmollarebray (juego de palabras con "non mollare mai" que se traduce por "no te rindas jamás"). Con ello se intentaba que el ministro cumpliera lo que había prometido:
"Bray pensaba en un director joven y preparado, limpio y cargado de futuro: un arqueólogo, un urbanista, un economista. Alguno que pudiera reanudar los vínculos entre la Pompeya arqueológica y aquella moderna, un parque arqueológico-escuela donde formar jóvenes, transformarla en el lugar más bonito del mundo. Esto lo ha dicho desde los primeros días de su campaña electoral, escribiéndolo en su sitio web. Y nosotros le hemos creído."
No sé si los italianos se sentirán traicionados. A la mayoría de los españoles nos daría igual, dicho sea de paso, que ya sabemos lo bien poco que nos importa que los políticos nos prometan una cosa y luego hagan la contraria. Parece que se ha cumplido a medias: es un director ni joven ni viejo, ni muy preparado ni poco preparado, lo de limpio supongo que sí, y futuro no tengo claro que tenga tanto. En fin, medias tintas que han surgido del miedo. Sí, del miedo. Sólo así se monta un estado de excepción para un proyecto como éste. Miedo a que el dinero se esfume por donde ha venido cuando en 2015 no haya más que comenzado, miedo a que la camorra se lleve un buen pastel del asunto, miedo a que Pompeya siga protagonizando semana tras semana titulares vergonzosos. 

Pero también es de notar que del miedo surgen pocas cosas buenas. Una de ellas, daño colateral de la elección de un militar para ocupar un cargo público de este tipo, es el golpe a los profesionales de la arqueología. ¿Se podía haber logrado algún término intermedio, donde los arqueólogos pintaran algo en un sitio como Pompeya? Quizás sí. Así lo comentaban algunos profesionales en Twitter:



"La elección justa: un arqueólogo como director y un carabiniere como Nistri que se ocupa de bienes culturales como vicedirector", podría haber sido quizás una posibilidad más lógica. Pero es el miedo y la poca consideración que tiene el arqueólogo como profesional lo que ha llevado a que la decisión final sea otra.

Y es que en Italia están hartos de la falta de consideración profesional que tiene la figura del arqueólogo. En España quizás muchos también pero no se ha creado la misma movilización que existe en nuestro país vecino. Están hartos de que la arqueología sea considerada patrimonio de los eruditos de las universidades que viajan a países lejanos a encontrar tesoros impresionantes. No en vano un gran grupo de arqueólogos firmaron hace poco una carta ante la intervención de una de sus colegas en la TV y los derroteros que tomó la entrevista en la que parecía que sólo interesaba lo exótico de su trabajo

Para más inri, hace poco salió una oferta de trabajo durante 12 meses para 500 profesionales del patrimonio, entre ellos arqueólogos, que deberían dedicarse en exclusiva a la digitalización de contenidos de ciertos museos y áreas patrimoniales, por el módico sueldo de 416 € al mes. Un decreto ley que -con dos huevos- llevaba por nombre "Valore Cultura" y que está siendo ampliamente criticado. Como no puede ser de otro modo, también tiene su hashtag en Twitter: #500schiavi o "500 esclavos". 

Precariedad para unos profesionales que no son considerados como tal y que nunca lo serán si se sigue prescindiendo de ellos a la hora de la verdad. Éste era un buen momento para permitir demostrar que un buen arqueólogo, en estrecha colaboración con las fuerzas del orden para frenar a la camorra, se puede ocupar de gestionar a la perfección un proyecto de estas características.

Pompeya es, ante todo, un parque arqueológico. En muchas ocasiones se nos olvida.


El problema, además, es que muchos arqueólogos también piensan que ninguno de sus colegas es capaz de gestionar un parque arqueológico como Pompeya. O que ya tuvieron los arqueólogos su oportunidad y la derrocharon. Pero este no ha sido sólo un problema de los arqueólogos que dirigieron el parque de Pompeya durante las últimas décadas sino de todo el entramado de corrupción que ha rodeado a este símbolo de la arqueología que, por si fuera poco, se veía obligado a emplear el poco dinero que tenía en tareas mediáticas, en claro detrimento de la consolidación y conservación de los restos. 

Ahora muchas cosas han cambiado: ha surgido un plan de acción nuevo y firme con el objetivo principal de asegurar la conservación del parque. Efectivamente, estamos en un momento excepcional y hacen falta medidas excepcionales pero estoy convencido de que estas podían haber llegado de manos de un arqueólogo con nuevas ideas, fuerza e iniciativa. Parece lógico, además, que sea un arqueólogo -siempre bien formado- quien se ocupe de las labores en un parque arqueológico. Esto hubiera ayudado a consolidar la imagen del arqueólogo como profesional y permitiría quizás un acercamiento más científico y adecuado a las tareas que deben llevarse a cabo.

Existe una última sombra. Dar la razón al miedo y colocar a la cabeza de un proyecto de consolidación y restauración a un general de un cuerpo militarizado probablemente no sea la mejor opción pues crea un precedente muy peligroso: el de considerar que todo aquello que está en una situación deplorable puede ser salvado colocando un militar a la cabeza. Ya sabemos dónde nos condujo este tipo de pensamiento en el siglo pasado y no creo que sea bueno recuperarlo ahora. 



martes, 10 de diciembre de 2013

La conservación del patrimonio, ¿en manos de la beneficencia?

Hace poco salía a la palestra un programa de televisión a todas luces prometedor. "Entre todos". Nombre loable, de los de sacar pecho. Su objetivo era igualmente decente: invocar la solidaridad de la audiencia para ayudar económicamente a personas concretas desesperadas por la falta de ayudas del Estado, ya sean discapacitados, enfermos o sencillamente pobres. Curiosamente el programa se crea y estrena en TVE, nuestra embarazosa televisión pública -sólo hace falta escuchar las últimas quejas de los propios trabajadores ante las intromisiones del gobierno sobre cómo se deben hacer las cosas-. Nos podemos hacer un poco a la idea: desde nuestros bolsillos sale dinero para hacer un programa que a su vez recauda más dinero a nuestros bolsillos para hacer las tareas que el gobierno ha decidido quitarse de las manos. Se torna aún más chirriante el asunto cuando nos sentamos a ver uno de estos programas: llantos, lágrimas y miserias que son usados como reclamo, como llamada a la solidaridad de la audiencia. ¿Es esto lícito? Recuperemos una frase de un artículo publicado en la revista de la UCM "Cuadernos de Trabajo Social" en 1987:

"Se entiende por beneficencia privada el conjunto de acciones protectoras, a veces espontáneas y circunstanciales, y en ocasiones organizadas en instituciones creadas por entidades privadas y dotadas con fondos privados. La beneficencia pública es un instrumento del Estado para controlar la indigencia, prevenir sus efectos antisociales y atender las necesidades vitales de una parte de la población, lo que algunas teorías denominan Bienestar Social como instrumento de corrección y de caridad."

Sí, señores, la verdad es que no hemos cambiado tanto. Estos dos tipos de beneficencia son los que coexistieron durante las primeras décadas del Franquismo: se trataba de un modelo basado en la caridad y en las decisiones de los benefactores que no implicaba ningún derecho por parte de los beneficiarios. Estos eran objeto de la buena voluntad siempre que demostraran su pésima situación y se ganaran así estas ayudas. Así se mataban muchos pájaros de un tiro: el gobierno se ahorraba políticas sociales, la gente se sentía bien aportando sus limosnas y se intentaba aplacar el descontento de la población mostrándose con bombo y platillo que se ayudaba a las familias más necesitadas.

En la escuela pública Mestre Modera, del barrio Ciudat Meridiana de Barcelona, se ha organizado un eficiente sistema de "padrinos" que otorgan ciertas cantidades de dinero para que los niños puedan disponer de comedor y otros servicios básicos que, en la actualidad, son de pago. Jordi Évole habla con su directora, Noemí Rocabert, y le hace la siguiente pregunta (min. 2:43):


(Évole: ¿No crees que todo esto que hacéis extra para conseguir que los niños tengan acceso al comedor, para conseguir que vayan de colonias, que hagan actividades extraescolares... Todo esto no tendría que asumirlo la administración?
Rocabert: Sí, si el mundo fuera perfecto... Évole: Es que puede pasar que, un poco, les estéis resolviendo el expediente y que la administración se acostumbre a "ya no lo hacemos nosotros, hemos recortado, pero parece que todo tira para delante..." Rocabert: Esto lo tenemos muy en cuenta pero... ¿No hacer nada?)

Hoy mismo hemos recibido la noticia a través de las redes sociales del nacimiento de una plataforma gratuita y sin ánimo de lucro llamada "Todos a una" -atentos al parecido del nombre con el programa de TVE- que se subtitula como "Mecenazgo para el Patrimonio Cultural de España". Su finalidad, como ellos mismos dicen, es "crear relaciones abiertas, transparentes y accesibles entre promotores y financiadores, para estimular la protección activa del Patrimonio Cultural a través de todas las formas posibles para ello." Es decir, se trata de una plataforma de crowdfunding a través de la cual se pueden financiar proyectos gracias al apoyo económico de cientos de micro-colaboradores. 

No dudo de las buenas intenciones de la plataforma "Todos a una". Vaya por delante que está desprovista de la sombra del gobierno, que estoy seguro que no tiene nada que ver en su creación, y su objetivo no es servirse de las lágrimas ni la miseria de nadie para conseguir dinero que permita realizar proyectos. Y aun así me escama. Me duele. Es duro que tengamos que recurrir a este tipo de financiación privada colectiva -¿recordáis la beneficiencia privada del Franquismo?- para conseguir la conservación y puesta en valor de nuestro patrimonio.

¿No es posible que este tipo de actuaciones, sin duda impulsadas por un propósito honesto, potencien una posición del Estado y las administraciones totalmente desapegada de su patrimonio? "¿Para qué vamos a costear nosotros la restauración de tal castillo si ya la paga la gente?", se empezarán a preguntar. Y, quién sabe, quizás cuando reivindiquemos un mayor apoyo económico de las arcas públicas a proyectos de conservación y puesta en valor del patrimonio nos encontremos con la negativa e incluso nos tomen por locos. No me extrañaría, de hecho, que se permitan además aportar una pequeña miseria para poder hacerse la foto de turno con el monumento recién rehabilitado -¿recordáis la beneficiencia pública del Franquismo?-. Espero que podamos ir entendiendo ya hacia dónde nos conduce todo esto.

No pongo en duda que en ocasiones el crowdfunding puede ser la única salida para ciertos proyectos, e incluso es bueno ver cómo la gente se involucra también económicamente en los iniciativas en las que confía, pero cabría preguntarse con qué otras medidas debemos contrarrestar esta financiación que hacemos entre todos para que el Estado no vea que ya hacemos su trabajo y que, por lo tanto, él no debe ocuparse de ello. ¿Cómo podemos sacar adelante este tipo de proyectos demostrando al Estado que estamos echándole huevos para hacer su trabajo? ¿Cómo podemos servirnos de esta microfinanciación dejando claro que no es definitiva ni permanente, que es un parche en este desaguisado? ¿Cómo podemos demostrar, usando este medio de financiación, que el Estado es quien debe ocuparse de conservar y poner en valor el patrimonio de todos los españoles?

Creo que es fundamental que a la hora de llevar a cabo proyectos de conservación, restauración y puesta en valor del patrimonio se exploten primero todas las vías de financiación posibles por parte de las administraciones públicas (ayuntamientos, diputaciones, etc.) y si, finalmente, se debe recurrir al crowdfunding, dejar claro qué administraciones han negado su apoyo y por qué. Y en el caso de ser flagrante su falta de sensibilidad y de ayuda social, no dudar en señalarles con el dedo y dejar en evidencia que no han hecho su trabajo.

Es muy peligroso que estemos llegando a un punto en el que cualquier proyecto de interés social, que en sí mismo puede no ser rentable económicamente pero que va a aportar una rentabilidad extraordinaria en muchos otros aspectos, deba realizarse de forma privada mediante mecenazgos o micromecenazgos, mediante ejercicios de caridad. ¿Para qué pagamos entonces nuestros impuestos? ¿Para hacer infraestructuras inservibles que benefician a los constructores que a su vez pagan a los partidos políticos? ¿Para, supuestamente, salvar a grandes estructuras financieras que no hacen más que sangrarnos? ¿Para pagar la deuda que han contraído las grandes fortunas de nuestro país y que les ha llevado a vender nuestra soberanía? ¿Qué más vamos a consentir?

Es muy lícito el uso del crowdfunding pero que esta palabra, extremadamente moderna, no nos haga caer aún más en el antiguo pozo de la pérdida de derechos y libertades en el que estamos cayendo. Si no tenemos cuidado corremos el riesgo de perder también nuestro patrimonio intentando protegerlo. Estamos a las puertas de que su conservación desaparezca totalmente -si no lo ha hecho ya- de la agenda de las administraciones. No lo permitamos.


domingo, 8 de diciembre de 2013

El compromiso social de los profesionales del patrimonio

Llevamos mucho tiempo en un camino equivocado. Un camino de ensalzamiento personal donde el rendimiento económico se ha puesto por delante de cualquier otro objetivo. Sí, también en lo que atañe al estudio del patrimonio histórico-artístico y arqueológico, con el que a menudo se nos llena la boca. Es así comprensible que hasta a los profesionales que nos dedicamos a ello se nos hayan olvidado, en muchos casos, las verdaderas razones que nos llevaron a comenzar este trabajo. Es así comprensible que no sepamos cómo reivindicar una mejor consideración profesional pues no sabemos explicar satisfactoriamente para qué carajos sirve lo que hacemos.

El patrimonio se mide al peso. El peso en euros, claro.


En muchos casos parece leerse en los ojos de los historiadores: "trabajo en esto porque es lo que sé hacer pero no se lo recomendaría a nadie: se cobra tarde y mal". Ese es nuestro mayor miedo. Cobrar poco mientras a nuestro alrededor vemos gente que cobra más que nosotros, porque nos hemos subido a un carro en el que todo se mide en función del rendimiento económico. Sólo es justificable aquello que sea rentable económicamente a corto plazo.

En la última década se ha producido la escalada de dos comportamientos distintos (y entiéndase que existen muchas excepciones). En un extremo los profesionales del patrimonio que ejercen su trabajo en empresas privadas y que se han visto envueltos en una espiral de trabajo deshumanizado a marchas forzadas bajo la bota de la burbuja inmobiliaria. Mucho trabajo. Mucho dinero. Pero todo ello inútil y vacío, olvidado e inservible. En el otro extremo se alzan los investigadores de universidad, frecuentemente alejados de la calle y carentes de una visión real de aquello que están estudiando. Su objetivo: realizar investigaciones superespecializadas e inéditas que les otorguen más puntos para ascender hacia la cátedra o, simplemente, poder mantener su puesto. 

Este ambiente ha estado propiciado y protagonizado principalmente por una cosa: el miedo. El miedo a perder tu trabajo, el miedo a cobrar menos, el miedo a no obtener un reconocimiento profesional, el miedo a ser mirado por encima del hombro, el miedo a ser tomado por un tonto si no se entra en la dinámica social imperante como hace todo el mundo. Esto nos ha llevado a realizar intervenciones pensadas única y exclusivamente para que el político de turno corte la cinta y sea loado y alabado como protector de la Historia; a llevar a cabo excavaciones con el único fin de realizarlas y ganar dinero, olvidando cualquier tipo de resultado porque no hay tiempo; a construir artículos y estudios a la carta con el único fin de engrosar el currículum y a otra cosa, mariposa. En definitiva, hemos conseguido deshumanizar las humanidades.

Un niño aprendiendo en qué consiste una excavación.
Reivindico el derecho a un salario justo para todos los trabajadores, por supuesto, también para aquellos que nos dedicamos al patrimonio, pero también pido que justifiquemos nuestro trabajo. Y esa justificación, si queremos vivir mejor y salir de esta espiral en la que se encuentra sumida la sociedad debe superar la índole económica. 

El patrimonio es algo vivo que va mucho más allá del turismo. Éste último está enfocado a la gente de fuera -de otra ciudad, provincia, país...- mientras que el patrimonio es, fundamentalmente, algo que pertenece a la sociedad que lo rodea. Nuestra principal obligación no debe ser hacer intervenciones pensando en si van a ser disfrutadas por dos o doscientos millones de turistas. Debe ser, principalmente, el realizar trabajos en colaboración con la gente de un territorio para que ésta comprenda mejor su patrimonio, lo aprecie y valore como parte de sí misma, de su espíritu y su esencia.


A los historiadores se nos llena la boca con el contexto histórico y se nos olvida lo más importante: el patrimonio que estudiamos es a su vez una parte decisiva del contexto humano de la sociedad actual. Entiéndase patrimonio como las pervivencias -no me gusta hablar de restos- materiales y inmateriales de nuestro pasado. Las reconstrucciones y recreaciones, ya sean virtuales o reales, son una herramienta fundamental para acercar a la sociedad al pasado pero ¿qué estamos haciendo para acercar el patrimonio al presente? 

Si comenzáramos a trabajar más para las personas y no tanto para los bolsillos nos sería terriblemente fácil justificar la necesidad de nuestro trabajo. Es más, no nos haría falta justificar nada, la sociedad lo reivindicaría. Es por eso necesario comenzar a trabajar con y para la gente, mostrar los resultados de nuestro trabajo, bajar a las calles, a las plazas, a los colegios, a las residencias de ancianos, a los centros de trabajo. El patrimonio es algo fundamentalmente humano y carece de sentido intentar justificarlo de forma sencillamente económica. No resulta extraño que actualmente la gente nos pregunte "pero eso que haces, ¿para qué sirve?" o "¿quién te va a pagar por eso?". Clara señal de que estamos rompiendo los lazos con la sociedad que nos justifica. Si seguimos por este camino es comprensible la decadencia de nuestra profesión porque habrá dejado de tener sentido. Pero el patrimonio no será nunca abandonado por la gente. La arqueología, a la historia y la historia del arte serán sustituidas por la superstición y el fetichismo porque la gente tiene necesidad de explicar de dónde viene y por qué es así el lugar en el que vive. En muchos casos, eso sí, se valorará de forma desigual o sesgada y se perderá gran parte del mismo en el vertiginoso caos de la actualidad.

En nuestras manos está enriquecer o empobrecer la vida de nuestra sociedad estableciendo relaciones reales entre nuestro presente y nuestro pasado y decidir de una vez por todas que nuestra razón para trabajar no sea únicamente el tener que comer.