jueves, 12 de diciembre de 2013

Estado de emergencia: un militar a la cabeza del "Progetto Pompei"

Hace unos años estuve excavando en Pompeya. El manto de nubes que nos cubrió durante toda la campaña, y que de vez en cuando dejaba caer un aguacero sobre los destartalados muros de laterizio, no evitaba que cada cierto tiempo tuviéramos que acercarnos a por agua a una fuente cercana, entre la Via Consolare y el Vicolo di Modesto. El primer día nos dijeron que "oficialmente" el agua no era potable. Que la seguridad privada tenía por obligación recomendar no beber del agua de aquellas fuentes milenarias y afirmar su insalubridad. El motivo realmente era algo más sórdido: la camorra tenía pactado cierto impuesto sobre las botellas de agua que los millares de turistas compran en la cafetería y si se ponían a consumirla gratis, en las muy sanas fuentes que salpican la ciudad, se les jodía el negocio. Así de simple. 

Giovanni Nistri y una pintura pompeyana que no sabe ni dónde se ha metido.
Ayer saltaba la noticia a los medios de comunicación españoles: había sido elegido Giovanni Nistri, un general de los Carabinieri, para encabezar el gran proyecto de consolidación, restauración y marketing -no olvidemos esta última- de la gran ciudad romana de Pompeya. El principal objetivo, según se cuenta, es precisamente luchar contra la camorra que desvía continuamente fondos de las maltrechas arcas del yacimiento. Me sorprendió desde un principio el ambiente de "se ha hecho lo que se tenía que hacer" que inundó las redes sociales. Parece que existía un júbilo contenido como si poner un militar al frente de algo significara dejarse de tonterías y coger el toro por los cuernos. Como si cualquier otra opción hubiese sido una elección de blandengues condenada al fracaso. Y es probable que en parte sea cierto, ya veremos.

Tanto el militar Giovanni Nistri como el vicedirector del proyecto, Fabrizio Magani -éste último historiador del arte- se han ocupado de tareas relacionadas con la defensa del patrimonio y de planes de emergencia de rehabilitación patrimonial, dejémoslo claro, y no son la peor elección que hubiera podido tomar el ministro Bray. Se tanteaba también encumbrar al frente del proyecto al empresario napolitano Giuseppe Scognamiglio que tiene tanto que ver con la arqueología como yo con la cosmética de uñas y que a todas luces hubiera sido menos efectivo en la lucha por el desfalco de dinero. La elección del director del Progetto Pompei levantó una interesante campaña en las redes sociales bajo el hashtag de #nonmollarebray (juego de palabras con "non mollare mai" que se traduce por "no te rindas jamás"). Con ello se intentaba que el ministro cumpliera lo que había prometido:
"Bray pensaba en un director joven y preparado, limpio y cargado de futuro: un arqueólogo, un urbanista, un economista. Alguno que pudiera reanudar los vínculos entre la Pompeya arqueológica y aquella moderna, un parque arqueológico-escuela donde formar jóvenes, transformarla en el lugar más bonito del mundo. Esto lo ha dicho desde los primeros días de su campaña electoral, escribiéndolo en su sitio web. Y nosotros le hemos creído."
No sé si los italianos se sentirán traicionados. A la mayoría de los españoles nos daría igual, dicho sea de paso, que ya sabemos lo bien poco que nos importa que los políticos nos prometan una cosa y luego hagan la contraria. Parece que se ha cumplido a medias: es un director ni joven ni viejo, ni muy preparado ni poco preparado, lo de limpio supongo que sí, y futuro no tengo claro que tenga tanto. En fin, medias tintas que han surgido del miedo. Sí, del miedo. Sólo así se monta un estado de excepción para un proyecto como éste. Miedo a que el dinero se esfume por donde ha venido cuando en 2015 no haya más que comenzado, miedo a que la camorra se lleve un buen pastel del asunto, miedo a que Pompeya siga protagonizando semana tras semana titulares vergonzosos. 

Pero también es de notar que del miedo surgen pocas cosas buenas. Una de ellas, daño colateral de la elección de un militar para ocupar un cargo público de este tipo, es el golpe a los profesionales de la arqueología. ¿Se podía haber logrado algún término intermedio, donde los arqueólogos pintaran algo en un sitio como Pompeya? Quizás sí. Así lo comentaban algunos profesionales en Twitter:



"La elección justa: un arqueólogo como director y un carabiniere como Nistri que se ocupa de bienes culturales como vicedirector", podría haber sido quizás una posibilidad más lógica. Pero es el miedo y la poca consideración que tiene el arqueólogo como profesional lo que ha llevado a que la decisión final sea otra.

Y es que en Italia están hartos de la falta de consideración profesional que tiene la figura del arqueólogo. En España quizás muchos también pero no se ha creado la misma movilización que existe en nuestro país vecino. Están hartos de que la arqueología sea considerada patrimonio de los eruditos de las universidades que viajan a países lejanos a encontrar tesoros impresionantes. No en vano un gran grupo de arqueólogos firmaron hace poco una carta ante la intervención de una de sus colegas en la TV y los derroteros que tomó la entrevista en la que parecía que sólo interesaba lo exótico de su trabajo

Para más inri, hace poco salió una oferta de trabajo durante 12 meses para 500 profesionales del patrimonio, entre ellos arqueólogos, que deberían dedicarse en exclusiva a la digitalización de contenidos de ciertos museos y áreas patrimoniales, por el módico sueldo de 416 € al mes. Un decreto ley que -con dos huevos- llevaba por nombre "Valore Cultura" y que está siendo ampliamente criticado. Como no puede ser de otro modo, también tiene su hashtag en Twitter: #500schiavi o "500 esclavos". 

Precariedad para unos profesionales que no son considerados como tal y que nunca lo serán si se sigue prescindiendo de ellos a la hora de la verdad. Éste era un buen momento para permitir demostrar que un buen arqueólogo, en estrecha colaboración con las fuerzas del orden para frenar a la camorra, se puede ocupar de gestionar a la perfección un proyecto de estas características.

Pompeya es, ante todo, un parque arqueológico. En muchas ocasiones se nos olvida.


El problema, además, es que muchos arqueólogos también piensan que ninguno de sus colegas es capaz de gestionar un parque arqueológico como Pompeya. O que ya tuvieron los arqueólogos su oportunidad y la derrocharon. Pero este no ha sido sólo un problema de los arqueólogos que dirigieron el parque de Pompeya durante las últimas décadas sino de todo el entramado de corrupción que ha rodeado a este símbolo de la arqueología que, por si fuera poco, se veía obligado a emplear el poco dinero que tenía en tareas mediáticas, en claro detrimento de la consolidación y conservación de los restos. 

Ahora muchas cosas han cambiado: ha surgido un plan de acción nuevo y firme con el objetivo principal de asegurar la conservación del parque. Efectivamente, estamos en un momento excepcional y hacen falta medidas excepcionales pero estoy convencido de que estas podían haber llegado de manos de un arqueólogo con nuevas ideas, fuerza e iniciativa. Parece lógico, además, que sea un arqueólogo -siempre bien formado- quien se ocupe de las labores en un parque arqueológico. Esto hubiera ayudado a consolidar la imagen del arqueólogo como profesional y permitiría quizás un acercamiento más científico y adecuado a las tareas que deben llevarse a cabo.

Existe una última sombra. Dar la razón al miedo y colocar a la cabeza de un proyecto de consolidación y restauración a un general de un cuerpo militarizado probablemente no sea la mejor opción pues crea un precedente muy peligroso: el de considerar que todo aquello que está en una situación deplorable puede ser salvado colocando un militar a la cabeza. Ya sabemos dónde nos condujo este tipo de pensamiento en el siglo pasado y no creo que sea bueno recuperarlo ahora.