domingo, 11 de mayo de 2014

Las JIA 2014 y el futuro de la Arqueología

La semana pasada estuvimos en las JIA 2014, compartiendo arqueología, ideas, compañía, opiniones, Kelers 18 y patxaranes. Como os podéis imaginar, el encuentro dio para mucho. Quedé gratamente sorprendido por la importancia que poco a poco le damos a la educación, a la discusión y al debate. Fue un congreso protagonizado por mesas redondas, por proyectos valientes y por algún sano encontronazo. No vi una gran pasarela de egos pero sí muchas ideas y propuestas de colaboración. Creo que tenemos que estar contentos y seguir trabajando en esta línea, porque ese es el camino. 


Por mi parte, tuve la oportunidad de abandonar de forma momentánea las conferencias sobre virtualización del patrimonio, alejarme de los cómodos power point y hablar cara a cara con la gente de temas sin duda de mayor calado: de cómo queremos entender la arqueología, de qué queremos que esta signifique para nosotros y, lo que es más importante, para el resto de la gente. 

Por eso comencé diciendo que allí iba a hablar de política. Política entendida en el sentido más importante de la palabra para el buen funcionamiento de una sociedad libre: "la actividad de cualquier ciudadano que interviene en los asuntos públicos con su opinión, su voto, o de cualquier otro modo" (Novena acepción del término “político,-a” en el diccionario de la RAE. Mayo de 2014). Cabría recordar aquí que quien no es político, en este sentido de la palabra, no es libre, pues entrega su responsabilidad y su capacidad de elección a otra persona. No en vano ya le dijo Francisco Franco, Caudillo de España, a uno de sus ministros a comienzos de los años 40: “Haga usted como yo y no se meta en política”. Pues mire usted, lo siento mucho pero yo me voy a meter en política. El patrimonio cultural es de todos y por lo tanto es algo público, objeto de discusión y de encuentros, objeto de discurso político. 

Hace poco el filósofo italiano Nuccio Ordine escribió hace poco un pequeño pero interesantísimo ensayo titulado La utilidad de lo inútil que me ha hecho reflexionar sobre el punto al que hemos llegado a la hora de apreciar la Cultura y, en particular, el patrimonio arqueológico. Baste como ejemplo esta publicación en la web de la Asociación de Amigos de la Alcazaba de Almería en la que se habla de rentabilidad del patrimonio en términos exclusivamente económicos. Da la impresión de que los beneficios son económicos o no son. Éste es el punto al que hemos llegado y se entiende por la evolución a lo largo del siglo XX de los países “civilizados” hacia una forma de pensar caracterizada por el capitalismo extremo donde priman, sobre todo lo demás, el beneficio económico y el éxito individual. Es esta mentalidad la que nos hace entender la Cultura como algo accesorio e incluso prescindible si no nos aporta grandes beneficios económicos a corto plazo. Es esto lo que hace que los que se consideran políticos profesionales, y en tantas ocasiones nos niegan la capacidad de hacer política al resto, no apuesten por una arqueología social que vaya más allá de las cifras económicas cada cuatro años.

Es el momento de reivindicar una “arqueología inútil” porque, parafraseando al dramaturgo rumano Eugène Ionesco, “si no se comprende la utilidad de lo inútil no se comprende el arte”. Cambiemos arte por arqueología y tendremos la fórmula. Con “arqueología inútil”, obviamente, no me refiero a una arqueología absurda y sin sentido sino a una arqueología donde el beneficio social, cultural y colectivo prime sobre el beneficio económico. ¿Es esto sostenible? Por supuesto. Sólo hace falta concienciar a la gente de que los beneficios como sociedad -sin olvidar los económicos- serán mucho mayores si se construye conocimiento, crítica, respeto y aprecio por todo lo que nos rodea. El camino contrario es pan para hoy y hambre para mañana. 

De forma probablemente fortuita estos cambios en la mentalidad de todos, donde se prefiere la inmediatez a la reflexión -y los nuevos medios de comunicación tienen mucho que ver con esto, como demuestra Nicholas Carr-, benefician no a toda la sociedad sino únicamente a aquellos que buscan enriquecerse de forma individual. Se entiende que el beneficio económico acelerado, las cifras abultadas, los ceros en el cheque, son los garantes del resto de beneficios (social, cultural, intelectual, espiritual, etc.) cuando en realidad es al revés: solo una educación en el trabajo colectivo y en el crecimiento como personas nos puede llevar a cuadrar las cuentas y a obtener una mezcla de rentabilidades que nos permita seguir desarrollándonos como sociedad y, en definitiva, ser felices. 

Es por eso por lo que también reivindiqué en Vitoria la muerte de la rentabilidad, entendida como un ente único centrado en el beneficio económico para reivindicar una mezcla de rentabilidades. Necesitamos comenzar a poner al mismo nivel el beneficio social, intelectual, emotivo y humano que el beneficio económico. ¿Qué podemos hacer para ello? 

En esto, más que yo, deberían tener la palabra todos aquellos que de una forma u otra nos enseñaron los posibles caminos que se le abren a la arqueología del futuro. Me pareció muy importante la defensa del trabajo colectivo y de las asociaciones como vínculo entre la sociedad y el patrimonio que se hizo desde la mesa coordinada por Alberto Polo y Lorena Marín, miembros de AJIPA. Habría que resaltar más, como bien dijo en repetidas ocasiones Álvaro Falquina, la necesidad de actuar, de no quedarse en el debate o en la discusión bizantina. El debate sin actuación no significa nada. La didáctica del patrimonio también estuvo, por suerte, muy presente: ¿cómo debemos enseñar arqueología a aquellos que les es ajena? ¿cómo hacer que la aprecien y la defiendan? De nuevo aquí nos llevamos mucho sobre lo que pensar gracias a Irene Palomero, Gemma Cardona, A. Polo. y a tanta otra gente que participó en el debate conscientes de que la educación es la única salida posible

Se habló de difusión, de accesibilidad, de socialización, de encuentro, en definitiva, de cómo poner en valor el patrimonio de cara a toda la sociedad. Pero una de las cosas más interesantes me pareció la indicación que hizo Jaime Almansa sobre cómo había cambiado la forma de entender "Arqueología Pública" de unos años a esta parte, pasando de ser la arqueología llevada a cabo por las administraciones públicas a ser la arqueología abierta, social, colectiva, comprometida y compartida por todos. Ni punto de comparación, ¿verdad? 

En una búsqueda sobre "public archaeology" en Google Images lo que más resalta son las personas.

Lo que está claro es que el testigo, hoy por hoy, lo tenemos los jóvenes y que de nosotros va a depender que la arqueología siga evolucionando y caminando hacia un modelo más justo y respetuoso tanto con el patrimonio como con las personas que alguna vez fueron, que hoy son y que mañana serán. Al fin y al cabo, el patrimonio y la arqueología son algo fundamentalmente humano, que no va de piedras sino de personas. Si nos conseguimos dar cuenta de eso -y conseguimos transmitírselo a la gente- habremos avanzado mucho.